Revista de Educación Religiosa, volumen II, nº 2, 2020, DOI 10.38123/rer.v2i2.108

La transformación social en Latinoamérica: un reto pendiente para la catequesis1

Juanita Pérez Umbarila2
Instituto Salesiano “San José de Mosquera”, Colombia

Introducción

En diversas ocasiones, particularmente en los contextos latinoamericanos, tan convulsionados en los últimos tiempos, es posible encontrar entre los jóvenes creyentes esta pregunta: “¿Por qué siendo países tan religiosos y cristianizados se vive una realidad social violenta y una política profundamente corrupta?”, y por más que se quiera dar respuesta, pareciera que la situación evidencia la brecha entre lo ideal y lo real, causando perplejidad en una juventud que analiza, cuestiona y confronta las posturas de la Iglesia frente a la dinámica social.

Lo anterior debe interpelar los procesos de fe planteados desde hace tanto tiempo en los territorios latinoamericanos, que siguen reflejando una catequesis reducida, en el imaginario colectivo, a la preparación inmediata para los sacramentos, limitada muchas veces a un espacio temporal, y al afán por las celebraciones y ritos, o al cumplimiento para lograr una imagen que se acepte en sociedad.

Partiendo de esta realidad, se propone el siguiente texto, con el objetivo de identificar la fundamentación de una catequesis que necesita repensarse desde la base de la dimensión sociopolítica del compromiso cristiano, como propuesta eficaz para la transformación social y la formación de creyentes que, desde su fe, puedan aportar a la construcción de una sociedad más justa, solidaria y pacífica como expresión máxima del mensaje de Jesucristo y la realización de su Reino.

Para ello, se desarrollarán tres apartados: el primero, como un esbozo de la realidad juvenil que cuestiona el impacto formativo eclesial en torno a su implicación en lo social; el segundo, a manera de síntesis sobre algunos de los fundamentos esenciales de la comprensión de la dimensión sociopolítica del compromiso cristiano, particularmente en la reflexión latinoamericana; y el tercero, con las conclusiones que cuestionan la sistematización y la praxis del ejercicio catequético en los diversos ambientes eclesiales.

Los jóvenes creyentes señalan la urgencia de la transformación social

Desde la realización del sínodo sobre “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, realizado en 2018, son innumerables los retos que se le presentan a la catequesis, como espacio formativo de las nuevas generaciones de creyentes, para que logren ser verdaderos testigos del mensaje de Jesús en un mundo tan convulsionado como el actual.

Son los mismos jóvenes quienes, en el presínodo, han tomado la palabra en múltiples aspectos de la vida: la sexualidad, la tecnología, la imagen de Jesús, la imagen de la Iglesia, su pertenencia a ella, entre otros. Incluso en la tercera parte del documento final, ellos piden mayor protagonismo, no solo al interior de la Iglesia sino también en diálogo con las dinámicas sociales, que hoy en día implican a todos: “La Iglesia joven también mira hacia afuera; los jóvenes tienen una pasión por la política, la vida civil y las actividades humanitarias. Como católicos, quieren actuar en la esfera pública para mejorar toda la sociedad. En todos estos aspectos de la vida de la Iglesia, los jóvenes desean ser acompañados y tomados en cuenta como miembros plenamente responsables de la misma” (La fe, los jóvenes, y el discernimiento vocacional ).

Así se puede observar que los jóvenes realmente están interesados en un cambio de perspectiva en su vida de fe, que los impulsa a ir al encuentro de los más necesitados, con el único fin de mejorar la sociedad, teniendo claro que el mensaje de Jesucristo es liberador y apasionante. Asumen, también, que en este camino de formación sociopolítica no se bastan a sí mismos, sino que necesitan ser acompañados, lo que implica desde luego un posicionamiento protagónico en las decisiones y en la participación en las esferas más públicas a nivel social.

En este sentido, toma un puesto importante la comprensión en el mundo juvenil de “la emergencia de diversas formas de acción política, legitimando cada vez con mayor fuerza de visibilidad los mundos de vida cotidianos como lugar de enunciación y de constitución de nuevas subjetividades políticas y posibilidades de instituir otros lugares de colocación ante el mundo” (Alvarado et al., 2015, p. 34), los cuales dan relevancia significativa a los acontecimientos cotidianos donde, según los jóvenes, transcurre y se hace realmente historia. Es decir, el manejo de lo sociopolítico para las nuevas generaciones no hace referencia inmediata a una representatividad sin más, de unos cuántos jóvenes, sino a la ejecución real del cambio que se pretende en las acciones que pudieran ser más comunes y ordinarias en la vida misma.

Este aspecto es verdaderamente relevante, porque implica una visión mucho más amplia de lo que se denomina como vida pública, en la que la fe debe incursionar de mayor manera para iluminar desde el mensaje cristiano las realidades temporales que se traducen en los gozos y tristezas de cada ser humano que habita la tierra. Además, esta vida pública se halla más expuesta en la actualidad, gracias a los medios de comunicación y la masificación de las redes sociales, lo cual se convierte en aliciente de un replanteamiento y desarrollo de los espacios catequéticos.

Pero ¿es que acaso nunca se había reflexionado sobre esta inquietud juvenil que parece ser tan trascendental? En el siguiente apartado, se podrá encontrar una síntesis de algunas de las reflexiones que la comunidad eclesial latinoamericana ha realizado en torno al tema.

Responsabilidad social y política de la fe cristiana

Es claro que la dimensión social es inherente al ser humano y a su comprensión, tal y como lo afirman Maurizio Flick y Zoltan Alszeghy, desde la visión de la antropología teológica: “el hombre, por su propia naturaleza, no es solamente capaz de entrar en sociedad, sino que por el hecho de su misma existencia, tiene vínculos sociales” (1970, p. 155), lo cual, en cierta manera, le permite captar de las realidades que le rodean elementos que lo definen como ser humano, y que a su vez le exigen “participar activamente en ella, renovándola y actualizando permanentemente su función nutricia” (Ruiz, 1988, p. 205).

En consecuencia, el ser humano y la sociedad se necesitan mutuamente para comprenderse de manera real, lo que suscita una dinámica constante de transformación, en el horizonte de realización, dignificación y plenitud humana, que tiene que estar acompañada por una labor formativa explícita, en la multiplicidad de campos de la misma.

En sintonía con esta afirmación, la Iglesia se ha preocupado por una educación, en los diversos ambientes, que favorezca la implicación protagónica de las personas en el ámbito social, particularmente en las realidades latinoamericanas, como lo destaca la II Conferencia Episcopal, realizada en Medellín (CELAM, 2014, p. 118):

Nuestra reflexión sobre este panorama nos conduce a proponer una visión de la educación más conforme con el desarrollo integral que propugnamos para nuestro continente; la llamaríamos la “educación liberadora”; esto es, la que convierte al educando en sujeto de su propio desarrollo. La educación es efectivamente el medio clave para liberar a los pueblos de toda servidumbre y para hacerlos ascender “de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”, teniendo en cuenta que el hombre es el responsable y el “artífice principal de su éxito o su fracaso”.

Con ello se evidencia el fuerte compromiso del pensamiento eclesial con aquello que le atañe al ser humano frente a su relación con lo social, medio privilegiado para el desarrollo integral, que implica en mayor medida a quienes se denominan seguidores de Jesucristo. Esto es evidente en numerosos documentos eclesiales, como la carta encíclica Christifideles laici, que hace hincapié en la importancia de esta dimensión en la vida de los fieles, enunciándolo así:

Los fieles laicos han de testificar aquellos valores humanos y evangélicos que están íntimamente relacionados con la misma actividad política; como son la libertad y la justicia, la solidaridad, la dedicación leal y desinteresada al bien de todos, el sencillo estilo de vida, el amor preferencial por los pobres y los últimos. Esto exige que los fieles laicos estén cada vez más animados de una real participación en la vida de la Iglesia e iluminados por su doctrina social. En esto podrán ser acompañados y ayudados por el afecto y la comprensión de la comunidad cristiana y de sus pastores.

Aquí se resalta, además, la oportuna ayuda que debe brindar la Iglesia, tanto en sus comunidades como en el liderazgo de sus pastores, para hacer crecer a la par la fe del creyente y su compromiso social y político, que de ninguna manera se contradice, sino que debe complementarse, del bien común.

Consecuentemente, estas reflexiones no pueden ser ajenas a la catequesis, puesto que a esta le compete formar a los interlocutores, en la dimensión espiritual y religiosa, en el compromiso de una fe consciente, en la comprensión de testimonio público que se adquiere cuando se opta radicalmente por vivir en consonancia con el mensaje de Jesucristo, hombre que desde la vida pública anunció con ahínco las realidades del Reino, y denunció con fuerza las opresiones religiosas, sociales y políticas de su época.

A continuación, se evidenciarán algunas implicaciones y comprensiones de esta dimensión sociopolítica en la formación de la dimensión religiosa y espiritual del cristiano, que se deben privilegiar en los diversos espacios catequéticos de los que dispone la comunidad eclesial.

El compromiso sociopolítico desde la Doctrina Social de la Iglesia

A partir de la Rerum novarum, escrita por el Papa León XIII hacia finales del siglo XIX, los temas políticos y sociales empezaron a tomar protagonismo en el discurso de la Iglesia, cuestionando de fondo las problemáticas que aquejaban a gran parte de la humanidad, particularmente a aquellos a quienes el sistema dejaba sin ninguna seguridad que pudiera garantizarles el derecho de tener lo más básico.

Posteriormente, Juan Pablo II, en su pontificado, decidió recopilar la enseñanza social de la Iglesia, contenida en los documentos pontificios, donde se consideraba de manera más explícita la denuncia social, de tal manera que motivara a los fieles a seguir construyendo un pensamiento y una acción coherentes con el anuncio del Evangelio, en busca de humanizar a la sociedad.

De esta manera surge el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, que, sin ser un documento acabado, puesto que está abierto a su enriquecimiento en cada época de la historia, brinda orientaciones relevantes para clarificar y profundizar en la formación integral de quien se acoge realmente a la fe cristiana. Actualmente, ha sido enriquecido por los documentos que ha elaborado el Papa Francisco, fruto del diálogo constante con las realidades y perspectivas de numerosos ámbitos de la época contemporánea.

Entre los diversos temas, y aunque la dimensión sociopolítica está presente de manera transversal en el Compendio, cabe resaltar que en el apartado que se refiere a la doctrina social y la acción eclesial se enfatiza en la importancia que tiene la doctrina social en la formación cristiana, para que esta llegue a ser verdaderamente completa, aseverando que “la insistencia del Magisterio al proponer esta doctrina como fuente inspiradora del apostolado y de la acción social nace de la persuasión de que esta constituye un extraordinario recurso formativo” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, #528).

Además, se insiste, particularmente en el contexto de la catequesis, en “que la enseñanza de la doctrina social se oriente a motivar la acción para evangelizar y humanizar las realidades temporales” (Compendio, #530), puesto que efectivamente “con esta doctrina la Iglesia enseña un saber teórico-práctico que sostiene el compromiso de transformación de la vida social, para hacerla cada vez más conforme al designio divino” (Compendio, #488), de tal manera que se promueva una formación integral de los cristianos que les permita adquirir criterios pertinentes para su cualificación en cargos que puedan implicar en mayor medida una ejecución explícita de la tarea política, como la participación activa en partidos o en decisiones que impliquen dicho servicio.

La formación sociopolítica según las Conferencias Episcopales Latinoamericanas

Indudablemente, el desarrollo de la formación sociopolítica de los creyentes en el continente latinoamericano no ha sido ajeno a la reflexión de los obispos, quienes, en cada conferencia realizada, de una u otra manera han destacado elementos importantes para la formación de los fieles en este aspecto.

En la primera Conferencia Episcopal Latinoamericana, realizada en Río de Janeiro, años antes del Concilio Vaticano II, destacó a nivel de la reflexión sociopolítica la incidencia que tenía la Acción Católica como asociación que favorecía el estudio y la difusión de “los principios cristianos y las orientaciones pontificias sobre los problemas sociales, económicos y políticos, con el fin de ayudar eficazmente a formar la conciencia del pueblo en estos aspectos tan importantes de la doctrina de la Iglesia” (CELAM, 2014, p. 33), lo cual deja por sentado que el interés por una buena formación cristiana va ligado estrechamente a la incidencia social que se tiene en los asuntos que atañen a toda la humanidad, por lo que es necesario velar para que esta formación esté realmente presente y al alcance de todos los fieles.

Años más tarde, y con la efusión de un nuevo aire otorgado gracias al Concilio Vaticano II, la Conferencia Episcopal que se realizó en Medellín tuvo como eje transversal el diálogo intenso y directo con las diversas situaciones que desde hacía mucho tiempo padecía gran parte de la población latinoamericana, denunciando con énfasis la opresión del pueblo, pero también dando luces y orientaciones concretas que revitalizaron la esperanza de la Iglesia. Aunque no se encuentra un apartado totalmente dedicado al análisis de la dimensión sociopolítica en la vida del creyente, sí se tratan temas relacionados con esta tan incisivos como la justicia, la paz, la educación, el caos de la pobreza y los desafíos que estos presentan para la reflexión y acción eclesiales.

Incluso en lo que respecta a la formación de los laicos, se destaca aquello que implica el compromiso que se asume cristianamente en diálogo con las realidades temporales que les atañe de forma más directa, aseverando que “comprometerse es ratificar activamente la solidaridad en que todo hombre se halla inmerso, asumiendo tareas de promoción humana en la línea de un determinado proyecto social. El compromiso así entendido debe estar marcado en América Latina por las circunstancias peculiares de su momento histórico presente, por un signo de liberación, de humanización y de desarrollo” (CELAM, 2014, p. 49).

Posteriormente, en el documento de Puebla, se encuentra el apartado que trabaja de manera más explícita aquello que se comprende en la relación entre evangelización y política (CELAM, 2014, p. 360-371), en el contexto del análisis de la realidad frente a la acción evangelizadora que se promueve en el continente latinoamericano.

Es bastante enriquecedor el desarrollo y las acotaciones presentes en el documento de Puebla respecto de la comprensión de la dimensión sociopolítica en la vida de quien se profesa cristiano; sin embargo, se puede resaltar la denuncia que realiza de “quienes tienden a reducir el espacio de la fe a la vida personal o familiar, excluyendo el orden profesional, económico, social y político, como si el pecado, el amor, la oración y el perdón no tuviesen allí relevancia” (CELAM, 2014, p. 361), lo que enfatiza la unión estrecha que existe entre la formación de la dimensión religiosa y la dimensión sociopolítica de la fe, puesto que es la evidencia más explícita de la coherencia entre fe y vida, indispensable en el testimonio cristiano arraigado en la persona de Jesucristo, como lo subraya este mismo documento.

A continuación, se encuentra el documento de Santo Domingo que, en sintonía con el documento de Puebla, hace un llamado de atención a los fieles laicos particularmente, puesto que afirma que “pocos asumen los valores cristianos como un elemento de su identidad cultural y, por lo tanto, no sienten la necesidad de un compromiso eclesial y evangelizador. Como consecuencia, el mundo del trabajo, de la política, de la economía, de la ciencia, del arte, de la literatura y de los medios de comunicación social no son guiados por criterios evangélicos” (CELAM, 2014, p. 579), lo que debe cuestionar tanto el acompañamiento de los pastores en su formación, como la iniciativa de los fieles para profundizar en la asimilación vital del mensaje del Evangelio y su expresión en el compromiso cristiano cotidiano.

Finalmente, el Documento de Aparecida, la última Conferencia Episcopal realizada en Latinoamérica, continúa con la línea de análisis sobre las situaciones a las que se ve enfrentada la Iglesia del continente, pero desarrollando de manera más puntual la categoría de “discípulos misioneros” (CELAM, 2014, p. 692), que trae consigo una gran apuesta por la formación integral de los fieles, particularmente de los laicos, por lo cual es necesario “una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento para dar testimonio de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, económica, política y cultural” (Documento de Aparecida, #758); y en esta línea agrega que se debe promover una catequesis social incisiva, porque “la vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas” (DA, #854).

Estas referencias mueven a plantear algunas preguntas: ¿qué ha pasado entonces con la catequesis de los territorios que parece no lograr su objetivo en la transformación social? ¿Este es un reto pendiente para la catequesis, para aquellos que la dirigen, la reciben y la reflexionan? ¿Qué más se ha de esperar para cambiar el chip de “siempre se ha hecho así”, y para que en realidad los procesos de catequesis transformen a la persona y por lo tanto a su contexto?

Conclusiones

Después del recorrido realizado desde la inquietud planteada por los jóvenes en el sínodo del año 2018, en el que han insistido en la urgencia de una fe transformadora a nivel social y político, las realidades de este tiempo, las diversas referencias que señalan la esencialidad de la dimensión sociopolítica en los espacios formativos, y de la insistencia de los documentos eclesiales, particularmente en el continente latinoamericano, no puede pasar desapercibida la tarea que tienen los catequistas en el mundo de hoy.

Cabe recordar el llamado que desde el motu proprio Antiquum ministerium se realiza a los hombres y mujeres, especialmente laicos, a quienes se ha confiado este servicio, recordando que: “En nuestros días, esta presencia es aún más urgente debido a la renovada conciencia de la evangelización en el mundo contemporáneo (Evangelii gaudium, #163-168), y a la imposición de una cultura globalizada (Fratelli tutti, #100-138), que reclama un auténtico encuentro con las jóvenes generaciones, sin olvidar la exigencia de metodologías e instrumentos creativos que hagan coherente el anuncio del Evangelio con la transformación misionera que la Iglesia ha emprendido. Fidelidad al pasado y responsabilidad por el presente son las condiciones indispensables para que la Iglesia pueda llevar a cabo su misión en el mundo” (Antiquum ministerium, #5).

Así se constata la insistencia en que es indispensable replantear y renovar los itinerarios de catequesis de las iglesias locales para que respondan a las necesidades actuales y a un contexto en el que la violencia, la desigualdad y la corrupción no pueden seguir triunfando sobre la búsqueda del bien común y de la justicia social. De nada vale insistir en itinerarios que se limitan a la celebración inmediata de un rito sacramental, sino que es urgente formar para la vida mediante una existencia realmente arraigada en la fuerza del Espíritu, el mismo que animó a Jesús a anunciar la Buena Nueva y a denunciar las inconsistencias sociales, políticas e incluso religiosas de su momento histórico.

Es en la formación, particularmente desde el espacio privilegiado de la catequesis, a la cual acuden tantos niños, niñas, adolescentes y jóvenes, en donde se ha de sembrar la semilla de la conciencia social y política del compromiso cristiano, a partir del cual no solo se podrá reflexionar sobre la realidad, sino que se iluminará en el día a día, con prácticas concretas de inclusión, diálogo y escucha, evidenciando así que la construcción de una sociedad depende de todos, y como creyentes es deber no negociable la implicación en ella.

Notas

  1. Artículo inédito base de la ponencia presentada por el autor en el Congreso de Educación Religiosa “Diálogos Académicos sobre Catequesis 2021”, organizado por el Instituto “Escuela de la Fe” de la Universidad Finis Terrae y otras entidades.

  2. Puede ver la ponencia en este video: https://www.youtube.com/watch?v=ni2VDlvTV3o
  3. juanitafma@gmail.com

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