Elección de carrera, elección de vida:

una comprensión del proceso de elección

vocacional desde la antropología tomista

María José Bunster Bustamante1

Resumen

Se examina el proceso de elección de carrera profesional en jóvenes, situándolo en el contexto del aumento del acceso a la educación superior en Chile y de las dificultades asociadas a la deserción universitaria temprana. A partir de una revisión de la psicología vocacional, se presentan diversos modelos explicativos que han abordado la elección de carrera, destacando aportes como la importancia del autoconocimiento, el ajuste entre persona y entorno laboral, los estilos de personalidad y las perspectivas evolutivas y constructivistas del desarrollo de carrera. Junto con estos enfoques, se introduce la noción de vocación o “llamado”, entendida como una motivación que puede originarse tanto en disposiciones personales como en experiencias significativas o en referencias trascendentes. Posteriormente, se propone una comprensión del proceso de elección desde una perspectiva inspirada en la filosofía de santo Tomás de Aquino. Desde este enfoque, la elección de carrera se comprende como un acto orientado a un fin, vinculado en última instancia a la búsqueda de la felicidad y al desarrollo pleno de la persona. Se analizan los dinamismos cognitivos, afectivos y volitivos implicados en este proceso, subrayando la relevancia del autoconocimiento, la exploración vocacional, el amor al bien elegido y la virtud de la esperanza para asumir el carácter arduo y futuro del camino profesional.

Palabras clave

elección de carrera, psicología vocacional, vocación, juventud, santo Tomás de Aquino



En las últimas dos décadas en Chile ha habido un aumento significativo y sostenido del número de jóvenes que ingresan a la educación superior, casi duplicándose desde 2005 hasta 2021. Este aumento en el acceso de estudiantes a la educación superior plantea nuevos desafíos, ya que no basta con aumentar la oferta de carreras y cupos, ni con ampliar las políticas de gratuidad y becas, sino que también se debe apoyar a los estudiantes en el progreso académico a lo largo del transcurso de la carrera y en el egreso y titulación oportunas, en vistas a la inserción laboral (Consejo Nacional de Educación, 2020). 

La tasa de deserción de alumnos de primer año es preocupante, ya que aproximadamente uno de cada cuatro estudiantes que ingresa a la educación superior –ya sea a una universidad o a un instituto técnico-profesional– abandona sus estudios antes de completar el primer año (Servicio de Información de Educación Superior, 2021). La deserción se da por factores económicos, familiares, psicológicos, y vocacionales. Es probable que el joven que no ha elegido bien su carrera se encuentre con múltiples dificultades para perseverar, más allá de la exigencia académica y los desafíos sociales que supone el ingreso a la educación superior.

Más allá de las cifras, en este artículo nos queremos centrar en la relevancia del proceso de elección de carrera profesional, y en los elementos y dinamismos que lo constituyen. Desde el ejercicio de la psicología clínica, se observa que tener que tomar la decisión de qué hacer con el propio futuro puede significar una fuente de estrés, asociado a sentimientos de confusión, agobio, duda, y desmotivación. Asimismo, quien toma una decisión pobre, y al poco andar descubre que está en la carrera equivocada, puede presentar cuadros de depresión o ansiedad. Los jóvenes saben que tienen que elegir, pero no saben qué elegir ni cómo elegir. No basta que nosotros como psicólogos comprendamos el proceso de elección de carrera, sino que es necesario y provechoso que podamos ayudar a los jóvenes a entender el proceso por el que están pasando.

Una mirada panorámica a la psicología vocacional hoy

La psicología vocacional es una especialidad dentro de la psicología aplicada, cuyo inicio se remonta a principios del siglo XX. Tiene una dimensión teórica –que consiste en la elaboración de marcos conceptuales y modelos que expliquen el proceso de elección y desarrollo de carrera–, una dimensión práctica –el ejercicio de la orientación vocacional o consejería, que utiliza dichos marcos conceptuales–, y una dimensión investigativa, que busca establecer correlaciones y causalidades a la luz de estos marcos explicativos y comprobar la eficacia de las intervenciones (Walsh et al., 2013). Esta disciplina se nutre del conocimiento de muchas áreas, tales como la psicología clínica, educacional, laboral, la consejería, la psicología del desarrollo, las neurociencias, las teorías del aprendizaje, entre otras. Muchas veces se asocia la orientación vocacional a la aplicación de tests psicométricos, que son una alternativa cuando se quiere evaluar a grandes grupos de personas, y obtener resultados a un costo relativamente bajo y en corto tiempo.

A continuación, se examinarán brevemente los principales modelos teóricos de la psicología vocacional, destacando sus principales aportes. Frank Parsons (1909), conocido como el padre de la psicología vocacional, en su obra póstuma Choosing a Vocation, ponía de relieve que hay tres factores principales en la elección de carrera. Por un lado, la comprensión clara de sí mismo; por otra parte, el conocimiento acabado de cada profesión u ocupación; y, en tercer lugar, el análisis y razonamiento de las relaciones entre dichas dimensiones. Si bien pudiera parecer algo evidente o demasiado básico, de alguna u otra manera las teorías posteriores toman esta sencilla fórmula, ya sea para basarse en ella o expandirla.

Parsons tenía un estilo directo e incisivo en sus intervenciones con jóvenes. En la primera entrevista, trataba de conocer al joven haciéndole preguntas tales como: ‘¿Qué libros has leído más allá de los obligatorios del plan lector del colegio?’ ‘¿Qué posturas u opiniones tienes en temas económicos, sociales o políticos?’ ‘¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?’ ‘¿Cómo utilizas tu dinero?’ Distinguía entre jóvenes que tenían una madurez suficiente (readiness) y que habían tenido experiencias de vida significativas de aquellos que carecían de la suficiente experiencia vital y que incluso no habían tenido oportunidad de desarrollar intereses o habilidades.

Otro aporte relevante es la teoría de ajuste al trabajo (Dawis et al.,1964, citado en Sharf, 2013), que se basa en el modelo del ajuste persona-entorno: el joven y el trabajo o entorno laboral tiene que haber una mutua satisfacción de necesidades, habilidades y valores. Se desarrolló un sistema de clasificación de alrededor de 1.700 ocupaciones en base a habilidades requeridas y valores y necesidades personales, creando perfiles que se ajustaban a cada carrera.

La teoría de los tipos de Holland (1973) es ampliamente utilizada hoy en día. Describe seis tipos de personalidad, y postula que dichas personalidades florecen mejor en ciertos entornos ocupacionales. Estos estilos de personalidad –que tienen su correlato en el mundo del trabajo– son el realista, investigador, artista, servicial, emprendedor y convencional.

Otros teóricos explican el desarrollo de la carrera desde la perspectiva evolutiva, desde la niñez hasta la vida adulta. Resulta particularmente interesante el rol de la curiosidad y la exploración en la niñez, el desarrollo de habilidades e intereses a lo largo del ciclo vital, y el contraste y confirmación de las percepciones de sí mismo con la realidad en la adolescencia. J. J. Arnett (2015) plantea la etapa de la adultez emergente como un periodo entre los 18 y los 30 años, que debido a cambios económicos, demográficos y sociales ha postergado la asunción de compromisos y responsabilidades definitivas prolongando por mucho más tiempo la exploración, manteniendo abiertas hasta más tarde las posibilidades académicas, laborales, románticas, habitacionales, etc. Es fundamental tener esto en cuenta, ya que desde el ejercicio profesional se aprecia que a los jóvenes les resulta más difícil elegir –con una oferta universitaria mucho más extensa y variada que en el pasado– y verse a sí mismos eligiendo algo de una vez y por siempre.

En la actualidad, también han surgido modelos explicativos del desarrollo de carrera desde perspectivas constructivistas y narrativas. El job-crafting o diseño de vida sitúan a la persona como un artífice o artesano que va construyendo su propio camino. Esto no consistiría en una decisión de un sólo momento, sino a través de sucesivas decisiones, y de la capacidad de aprender y transformarse a lo largo de la vida (Walsh et al., 2013).

Si bien la psicología vocacional recibe su nombre de la palabra vocación, hasta el momento dicho concepto parece ausente de los modelos teóricos. Walsh y cols. (2013) sitúan a los autores que utilizan el concepto de vocación en las perspectivas espirituales del desarrollo de carrera. Algunos investigadores han explorado el significado que tiene el concepto de vocación o “llamado” para las personas. Bunderson y Thompson (2009, citados en Shimizu et al., 2019) plantean que el llamado a desempeñarse en una cierta profesión puede provenir de alguna fuerza o entidad trascendente (Dios, las lealtades familiares o alguna necesidad de la sociedad), y se suele asociar a una motivación por el trabajo de corte altruista u orientada al deber. Por otra parte, para algunos el llamado proviene del interior de la persona, enfocándose en la pasión y el logro de la satisfacción y desarrollo personal. En otros términos, se distingue entre quienes experimentan el llamado como algo que se origina más allá de sí mismo, o como una fuerza interna (drive) hacia la autoactualización y la plenitud (Shimizu et al., 2019). El origen del llamado determinará, en cierta medida, la orientación altruista o prosocial del despliegue de la carrera.

Respecto al surgimiento y reconocimiento del llamado, Sturges y cols. (2019) plantean que el proceso a través del cual surge el llamado consiste en ir atribuyendo significados e interpretaciones subjetivas a los eventos vitales, sobre todo aquellos sorprendentes, únicos y confusos. Este proceso de sense-making ayudaría a “descubrir” el llamado, y serviría a la vez para ir moldeando la idea de sí mismo. El llamado no es algo estático, que se descubre de una vez por todas al elegir la carrera profesional, sino que es un proceso iterativo y continuo, que se relaciona incluso con discernir las maneras de ejercer la carrera ya elegida. Dalla Rosa y cols. (2019) encontraron que en algunos casos el llamado operaba a priori, es decir, surgía a una temprana edad y guiaba las decisiones vocacionales. Sin embargo, en algunos casos, el llamado era conocido o descubierto a posteriori, es decir, era una consecuencia de experiencias positivas en un determinado campo ocupacional. 

Las teorías revisadas realizan un valioso aporte al situar la elección de carrera –y el descubrimiento de la vocación– como un aspecto relevante de la vida, un eje articulador de la identidad, una fuente de satisfacción de necesidades y valores personales, así como de desarrollo de habilidades, y fundamento para el bienestar subjetivo y la salud mental. A continuación, se desarrollará una comprensión del proceso de elección de carrera, en clave tomista, desde el plano de la subjetividad de la persona. Partiremos por el origen y fundamento de la elección de carrera, para luego examinar las facultades humanas involucradas y sus dinamismos.

¿Cuál es el fundamento del proceso que los jóvenes

despliegan al elegir su carrera profesional?

Dice santo Tomás de Aquino (2018) que “Todas las ciencias y las artes se ordenan a algo uno, a saber, la perfección del hombre, que es su felicidad” (In Metaph., Proemio). Más que describir etapas de un proceso, comenzaremos preguntándonos por el fundamento, principio o motor inicial de ese proceso. ¿Qué mueve al joven a elegir? Hablando con una paciente, le pregunté por qué quería estudiar psicología. Me respondió que le gustaba entender cómo funciona la mente humana, y comprender por qué las personas hacen lo que hacen. Entonces le pregunté: ‘Bueno, ¿y para qué quieres estudiar psicología?’. Frente a esta pregunta, se demoró mucho más en contestar y finalmente me dijo que le gustaba ayudar a la gente y que quizás esta carrera le permitiría realizar aquello.

El joven que está en su último año de la etapa escolar, hasta ese momento ha obrado principalmente movido por otros: sus padres eligieron el colegio, las asignaturas que tiene que cursar las establece el currículo nacional, los horarios los establece el colegio, etc., pero a medida que va creciendo, va teniendo mayor rango de elección. Hay más oportunidades donde elegir libremente: pueden empezar a elegir electivos, actividades extra-programáticas, participar o no en instancias religiosas, etc, involucrarse sentimentalmente con otra persona, etc.

Al llegar al final de esta etapa, empiezan a sentir con fuerza la pregunta de ‘¿Qué vas a hacer con tu vida?’ ‘¿Qué vas a hacer cuando salgas?’ He observado que hay dos actitudes frente a este cuestionamiento. Algunos miran el futuro con mucho entusiasmo y tienen ganas de salir y hacer lo que realmente les gusta, mientras que otros lo viven como una pesadilla, y durante todo el año, cuando familiares y amigos les preguntan cómo van con el estudio para la prueba nacional de selección universitaria, o si ya saben lo que quieren estudiar, lo viven con mucha ansiedad, incertidumbre, miedo y agobio. Se dan cuenta de que están frente a algo grande y van sintiendo que ellos tienen que tomar las riendas de su vida.

Entonces, podríamos preguntarnos: ¿Qué elige el joven realmente cuando elige? Santo Tomás de Aquino (1989) expresa que “todo agente actúa por un fin y los seres racionales se mueven a sí mismos con libre albedrío hacia el fin” (S. Th., I-II, q. 1, a. 2). Se podría plantear entonces que el movimiento que realiza el joven tiene un punto de partida, que es su ser personal mirado integralmente, y un punto final que es el lugar donde quiere llegar. Esto es muy interesante, porque el joven elige hoy para algo futuro. La acción de elegir lleva implícito un para qué, el objetivo que el joven persigue al hacer una cosa. La causa final quiere decir la causa última o causa terminal, que, en palabras sencillas, se refiere al objetivo o finalidad que se persigue al hacer una cosa. Aristóteles así lo dictamina en el libro de la Metafísica: la causa final es lo primero en el orden de la intención y lo último en el orden de la ejecución (ver Millán-Puelles, 2002).

Sin embargo, es vital entender que la causa final no es el título profesional o el diploma, ni siquiera el ejercicio de la carrera misma. El psicólogo podría invitar al joven a un diálogo socrático:

– Psicólogo (Ps): ‘¿Qué quieres estudiar?’

– Joven (J): ‘Arquitectura’.

– Ps: ‘¿Para qué quieres estudiar arquitectura?’

– J:‘Para diseñar casas’.

– Ps: ‘¿Y por qué quieres diseñar casas?’

– J: ‘Para tener un sueldo y dinero’.

– Ps: ‘¿Y para qué quieres dinero?’

– J: ‘Para poder viajar, tener una casa, un auto…’.

– Ps: ‘¿Y para qué quieres todo eso?’

Podemos deducir de este ejemplo que todo lo que el joven hace, lo hace con miras al fin último que es la felicidad. La carrera sería un medio para llegar a esa felicidad. Todo acto voluntario conlleva una promesa de felicidad. Sin embargo, los jóvenes no siempre son conscientes de la tendencia natural hacia el fin último. Quieren ser felices, e incluso, anhelan verse como una persona que hace lo que hace por vocación (‘felices’, ‘apasionados’, ‘hacen su trabajo de forma excelente’, ‘comprometidos’), pero en el camino los invaden miedos que veremos más adelante.

Algo clave, entonces, al trabajar con jóvenes, es indagar cuál es el concepto de felicidad. Los psicólogos estamos en una posición compleja porque evitamos dar consejos o hacer exhortaciones de tipo moral. Hoy en día está muy difundido el que cada persona puede darse a sí mismo su propia definición de felicidad y de alguna manera se acepta que este calce en la búsqueda de carrera tiene que estar de acuerdo a como el joven mismo ha decidido orientar su vida. Sin embargo, observo que muchas veces el origen de la confusión vocacional está realmente en una desorientación existencial y búsquedas ilusorias de una felicidad aparente. Esto nos lleva a la siguiente interrogante.

¿En qué está la verdadera felicidad? Santo Tomás de Aquino (1989, S. Th., I-II, q. 3, a. 8; q. 4, a. 8), siguiendo la tradición de San Agustín y Aristóteles, afirma que está en la contemplación de Dios, y eso en la vida terrena, entendiendo que somos seres sociales, se manifiesta en la comunión de personas, en la amistad y en la donación sincera de sí mismo a los demás. Esto es importante porque, como decía Aristóteles (1996) “un pequeño error al principio se transforma en un gran error al final” (De Coelo, L. I, c. 5, 271b).

Podemos ver jóvenes que eligen por motivos egoístas, por pura conveniencia, únicamente por el dinero o incluso por prestigio, estatus, pero por eso mismo no nos debería sorprender ver cuadros de desmotivación, jóvenes que se sienten vacíos o que su vida no tiene sentido. A veces, cuando la crisis vocacional no estalla al finalizar el colegio, reaparece al terminar la etapa universitaria, o incluso después de décadas trabajando.

¿Cómo elige el joven la carrera específica para él?

Hemos establecido que cuando el joven elige una carrera la elige porque tiene implícita una promesa de felicidad. Ahora ahondaremos en por qué la elección de carrera es la elección de un amor. Aristóteles (1994) declara que amar es querer el bien para alguien (De arte rhetorica, L. II, c. 4, n. 2). Este movimiento amoroso tiene una doble tendencia, expresa santo Tomás de Aquino, “hacia el bien que uno quiere para alguien, sea para sí, o sea para otro, y hacia aquel para el cual quiere el bien” (S. Th., I-II, q. 26, a. 4). En esta doble tendencia, tenemos un primer movimiento que es absoluto, ya que “aquel para quien se desea ese bien se le quiere por sí mismo”. Respecto al tema en cuestión, se podría decir que el joven que ama una carrera se ama a sí mismo, pues quiere la carrera para sí mismo2. El amor hacia la carrera pertenece al segundo movimiento, y es relativo al primero, ya que ama la carrera en la medida en que se ama a sí mismo.

¿Qué tipo de amor se experimenta hacia una carrera? ¿Es un amor pasional, el sujeto padece algo así como un flechazo que le atrae desde fuera como un imán? O, ¿es un amor más bien fruto de una evaluación fría, de conveniencia o incluso con respaldo a través de una evaluación psicométrica?

Hoy, hay una postura crítica hacia la forma en que las generaciones anteriores se relacionaban con el trabajo. Si antes las personas vivían para trabajar, partiéndose el lomo para poder sustentar económicamente el hogar, hoy se privilegia el gusto y satisfacción en el trabajo, pudiendo desarrollar múltiples aspectos de la vida (ocio, viajes, diversión, deporte, etc.). A partir de esto, culturalmente vemos que surgen consignas como ‘busca tu pasión’ o frases como ‘elige una carrera que ames y no tendrás que trabajar un día en tu vida’, en definitiva, una invitación a estar conectado pasionalmente con aquello que uno hace.

Volviendo al proceso de elección de carrera, vamos a profundizar cómo se va gestando la intención de estudiar una carrera concreta. Siempre hay un punto de partida y uno de llegada: quién soy y a dónde voy, las dos grandes preguntas que el joven tiene que responder en la adolescencia. El autoconocimiento es el punto de partida ya que la exploración de las alternativas de carrera puede llegar a ser errática y agobiante si el joven no se conoce a sí mismo. No puede saber a dónde va si no sabe quién es.

En el proceso de búsqueda y exploración vocacional, los jóvenes suelen acudir a ferias vocacionales, charlas y exposiciones, recogen panfletos con mallas curriculares de diferentes carreras, pero llegan a la casa confundidos y llenos de información. No saben a dónde dirigir la atención o cómo extraer lo que es relevante y significativo para ellos.

¿Qué notas características de la adolescencia pueden iluminar la comprensión de este proceso? Alberto Hurtado (1938), santo chileno, decía que la juventud “es una época trascendental en la vida (…) el nacimiento de una nueva personalidad. Profunda crisis fisiológica, sentimental y moral. Primeras concepciones de un plan de vida que encuadre su personalidad” (p. 11).

El adolescente pasa por una verdadera crisis y desintegración de la personalidad, con una acentuada preocupación personal e intento de encontrarse consigo mismo, muy teñido por la emotividad. Luego comienza a volcarse más hacia el exterior, consolidando su identidad sin estar sometida al vaivén de las modas, ideologías o la aprobación de los demás. Una de las dimensiones en que se consolida la identidad es a través de la elección vocacional, y proyectarse a sí mismo en el ejercicio de una profesión.

Algunos factores que sin duda intervienen en el proceso cognitivo y afectivo de elección de carrera son la importancia de la aceptación de los pares, la rebeldía hacia el mundo adulto –principalmente hacia los propios padres–, y la marcada emotividad en los juicios. Este es el terreno evolutivo donde tiene lugar la elección de carrera.

¿Qué debe conocer el joven de sí mismo en vistas de la elección de carrera? Sin duda, debe identificar sus: a) habilidades –‘¿qué hago bien?’–, que se ponen en juego en situaciones académicas pero también en experiencias de la vida cotidiana; b) intereses –‘¿qué me gusta?’–, entendidos como inclinaciones o gustos de distintos ámbitos del saber o del hacer. Deben levantarse alertas con los jóvenes que solo tienen lata y carecen de intereses por el mundo circundante; c) el estilo de personalidad, entendido como ese modo habitual de ser y de funcionar, que hoy se reconoce como un factor relevante al momento de elegir la carrera. Otros aspectos a considerar son la exploración de la propia biografía, del sistema familiar (influencias, presiones, lealtades, prejuicios, expectativas), el contexto social y cultural, y la dimensión emocional, es decir, cómo se presentan los dinamismos afectivos del joven de cara a la elección de carrera.

Una vez que el joven ha reconocido y conectado con estos aspectos, está preparado para salir a explorar las alternativas vocacionales. Aquí empieza el diálogo entre conocimiento y amor, porque no se puede amar algo que no se conoce. Muchas veces los jóvenes no saben qué carrera estudiar –‘no tengo idea qué quiero’–, pero al preguntarles cuánto tiempo han dedicado al tema, es bastante poco. En la medida en que uno va conociendo las carreras, se va pudiendo ver en ellas aquello que es valioso, relevante y atractivo.

Siguiendo al Aquinate, Millán-Puentes (2000) afirma que “todo conocimiento humano empieza por los sentidos” (p. 363). Esta premisa nos permite entender la relevancia de lo que ocurre durante la niñez y la pre-pubertad, en las que el niño va conociendo, jugando, probándose a sí mismo, y experimentado un primer gusto o una primera aversión hacia ciertas carreras y oficios.

Cuando uno le pregunta a un niño qué quiere ser cuando sea grande, suelen decir ‘bombero’, ‘policía’, ‘veterinario’, ‘bailarina’. A partir de lo que observa en la vida real, va fantaseando, imaginando, elaborando modelos. Ese conocimiento que proviene de los sentidos mueve al apetito sensible, y quedan impresiones favorables o desfavorables a nivel del juicio sensible. Llegada la juventud, esto se irá contrastando con la realidad y a través del entendimiento el joven pasará de lo accidental a lo esencial, irá penetrando y captando la esencia de las cosas.

Una dificultad es que al momento de la elección de carrera todavía persisten mucho las fantasías, la imaginación, ideas teñidas por las emociones. Por ejemplo, una joven expresa: ‘quiero estudiar Teatro porque mi amiga lo estudia y le gusta mucho’, o ‘No quiero estudiar Economía porque no me veo siempre sentado en un escritorio’. El orientador debe abrir el diálogo y ayudar al joven a que vaya más allá de impresiones superficiales, emotivas o parciales, llegando a los más esencial de la carrera.

Así pues, podemos decir que la elección del joven será tanto más libre y ordenada cuanto más sea fruto del amor basado en el conocimiento de la esencia de la carrera. A partir de este primer amor, de esta simple complacencia, la voluntad mueve al entendimiento a volcarse a su objeto. Conocer las diferentes carreras es un trabajo intelectual –en términos de Jean Guitton (1951)– donde se pasa de lo desconocido a lo conocido, de lo confuso a lo distintivo, y se requiere una verdadera aplicación del intelecto a su objeto.

En mi experiencia, el acompañamiento que puede proporcionar el orientador en esta etapa de búsqueda y exploración vocacional es muy importante, ya que muchas veces los jóvenes lo hacen solos y se pierden en el mar de información o en el tedio que les produce. Finalmente, de este conocimiento empieza a brotar el amor, un amor asumido por la voluntad. No es un amor a un bien abstracto, sino un amor que mueve a la voluntad hacia un bien particular, dígase, esta carrera, este lugar, que el joven juzga como conveniente aquí y ahora, en sus circunstancias.

¿Qué rol juega la esperanza en el proceso de elección de carrera?

Si bien podríamos hacer un análisis de cada una de las pasiones descritas por santo Tomás de Aquino en el proceso vocacional, quisiera destacar el rol de la esperanza, como el movimiento afectivo necesario para que el joven pueda emprender el camino. Esa esperanza se necesita en el momento de la elección, porque ya no se mira la carrera como un bien abstracto (en términos absolutos), sino que se percibe bajo razón de arduo o difícil de conseguir.

Santo Tomás de Aquino (1989) explica que el objeto de la esperanza tiene cuatro condiciones: que sea un bien, arduo, futuro y que se juzgue como posible de conseguir (S. Th., I-II, q. 40, a. 1). Respecto al carácter futuro, ¿el joven está dispuesto a empezar un camino largo? Esto entra en tensión con una cultura donde la satisfacción y la gratificación han de ser inmediatas. El estudiante debe ponerse de cara a un horizonte temporal de al menos cuatro, seis, ocho años. He observado que surgen dudas tales como ‘¿Qué pasa si no me gusta el estudio de la carrera, pero sí me veo ejerciéndola? Entendiendo que una carrera se estudia para poder ejercerla, puede ser conflictivo estar tantos años a punta de sacrificio, sin el gozo de aprender. También de cara al futuro, sucede hoy día que los jóvenes no hacen más que escuchar que el mundo está cambiando tan rápidamente que en cinco años hay carreras que ya no van a existir, que se van a quedar obsoletas, y eso es algo que aumenta el temor y los hace caer en cierta desesperanza de lo que están eligiendo hoy.

Por otro lado, los jóvenes tienen que mirar y reconocer el carácter arduo de la carrera. Tienen que saber que la carrera va a significar esfuerzo y dedicación, a veces desconocidos hasta el momento. Suele ser en primer año donde caen en cuenta dramáticamente de que han entrado a algo que les gusta pero que conlleva un gran nivel de exigencia intelectual y trabajo. La falta de consideración de esta dimensión los puede llevar a una desilusión muy grande.

Esto choca mucho con las consignas de ‘vive tu pasión’ ‘haz todos los días solo aquello que te guste’, que mencionamos antes. Millán-Puelles (2002) lo clarifica al hacer un análisis ontológico y ético del trabajo. Afirma que el término trabajo, en sentido amplio, designa “toda operación o actividad realizada conscientemente por un hombre para lograr algún fin” o “emplear una actividad o un esfuerzo, corporal o mental, para un fin determinado” (p. 559). Si bien la persona lo ejerce de manera libre, es una actividad que conlleva el carácter de oneroso y esforzado, siendo su antónimo el descanso o la suspensión de toda actividad. Dicho esto, el ejercicio de un trabajo no es lo mismo que el desarrollo de una afición, sino que como la misma palabra indica, trabajo, conlleva alguna medida de esfuerzo.

Respecto al juicio de posibilidad, el joven se pregunta: ‘¿Me la puedo?’ ‘¿Soy capaz?’ Nadie se mueve por algo que cree imposible de conseguir. Es aquí donde el joven va estimando sus propios poderes o fuerzas. Aquellos que hayan tenido una trayectoria académica destacada, que hayan sido estudiosos, que hayan tenido oportunidades de cultivar distintas habilidades y destrezas, se sentirán mucho más capaces y esperanzados. Qué difícil es ver jóvenes que sienten que no tienen ningún logro, que no son buenos para nada, que no sirven para nada. Por otro lado, en una cultura que se ha tornado individualista, el querer hacer todo por sí mismo y no recibir ayuda de otros, puede ser también un error y un gran impedimento en este proceso, porque a veces lo posible, se hace posible con ayuda de otros.

¿Qué va pasando entonces en este ir y venir, en este diálogo entre el conocimiento y el amor, entre la dimensión sensible y la racional, entre yo mismo y el mundo? ¿Cómo descubren los jóvenes cuándo el proceso de discernimiento o elección terminó? La carrera es un bien finito, no es un bien absoluto y por tanto siempre tiene un cierto grado de ambivalencia. Si fuera un bien necesario la voluntad no podría sino inclinarse hacia él. En cambio, en este plano siempre está el espacio para el acto libre.

Se podría estar evaluando carreras por siempre, pero hay un minuto en que ese proceso de discernimiento cesa y que la voluntad se queda en ciertos aspectos más relevantes para poder tomar la decisión. La culminación del proceso deliberativo trae como efecto el reposo en el bien querido, explica Bofill (1950) Se forma un pondus que hace gravitar al sujeto hacia el objeto, como una tendencia unificadora, que se expresa en la concentración del sujeto en su fin. La voluntad “permaneciendo dueña de sí misma, el amor en que prorrumpe lejos de introducir en ella una inestabilidad, de provocar la pérdida de su equilibrio, confirma definitivamente, al contrario, su serena actitud” (Bofill, 1950, p. 135). El joven que encuentra su carrera experimenta una unidad interior que evita el desparramamiento, la divagación y el desorden de la vida, con un foco y norte claro. Siguiendo a Bofill (1950), la inteligencia, que pasa por un periodo de esfuerzo y elaboración, prorrumpe en un verbo o palabra dicha, manifestada, expresada. Se va gestando la palabra interior que es la respuesta honda, íntima y personal a las preguntas anteriores.

La vida es versátil, va cambiando, y ciertamente, no se puede anticipar el futuro. Las circunstancias, oportunidades, sorpresas y vicisitudes de la vida son parte del desarrollo de la carrera y del ejercicio del trabajo, por lo que dicha palabra interior es la que nos va orientando en cada momento. Concluyo con esta cita para poner de relieve la grandeza de la elección de carrera profesional y la inclinación de esta hacia la única verdadera felicidad posible:

La pregunta que cada joven debe hacerse será: ‘¿Cuál es la vida más excelsa para realizar el fin último de mi vida, que sea la donación sincera a los demás?’. El que nada siembra, nada cosecha y su vida es estéril. El que se compromete con algo grande, sintiéndose siempre auxiliado e impulsado por Dios, deja huella y transforma el mundo para bien. (Droste, 2021, p. 215)

Referencias

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Aristóteles (1996). Sobre el Cielo. Gredos.

Arnett, J. J. (2015). Emerging Adulthood: The Winding Road From the Late Teens Through the Twenties. Oxford University Press.

Bofill, J. (1950). La escala de los seres o el dinamismo de la perfección. Publicaciones Cristiandad.

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Walsh, W. B., Savickas, M. L., y Hartung, P. J. (Eds.). (2013). Handbook of Vocational Psychology: Theory, Research and Practice. Taylor & Francis.


  1. 1 Escuela de Psicología, Universidad Finis Terrae, Santiago, Chile

  2. 2 Se podría pensar qué ocurre cuando el joven elige la carrera que otro ama, pero no la ama para sí mismo. Un padre podría presionar al hijo a estudiar una carrera, porque da estatus y prestigio, o porque traerá estabilidad o éxito económico. En este acto, puede que incluso se esté buscando a sí mismo y que no ame a su hijo con amor benévolo, por ejemplo, queriendo el éxito del hijo como una proyección de su propio ego.